Comienza una jornada
5 September, 2006El mes pasado hubo un concurso de relatos sobre autobuses. No pude escribir nada a tiempo, aunque me hubiera gustado, ya que el premio prometía (un portátil). Aquí va un relato, cómo no, fuera de concurso.
Todos los días la misma gente. A diario, las mismas caras somnolientas, bostezantes, y por qué no, un poco hastiadas. Ya se sabe: la rutina y los madrugones afectan mucho.
Esa chica morena tan mona con su carpeta de la universidad. Aquel chico guapo con su mp3 a toda pastilla, escuchando algo que no consigo descifrar. El ciego con su perro guía, sentado en la parada…
Aún es muy temprano, pero Lorenzo ya anuncia su poderosa aparición veraniega. Sus rayos caldean el aire, evaporando las pequeñas gotas de rocío aposentadas en las brillantes hojas de los árboles.
Ahi viene. Nuestro autobús. Aviso al ciego, el cual se pone en marcha. Es increíble la capacidad de autonomía que tiene, algo que los que disfrutamos de la vista no podríamos ni soñar si de repente nos privaran de ella. Sube al autobús, y todos le seguimos.
Es parada de regulación, así que hay que esperar unos minutitos. Hansi Kürsch me canta suavemente al oído la canción del bardo, y desde unas páginas algo amarillentas, vuelvo a ver cómo Rincewind vuelve a huir, una vez más.
El bus arranca, y dejo de leer momentáneamente. Esta es La Calle. Su antiguo adoquinado hace no sólo que sea imposible de leer, también acalla con su traqueteo a cualquier cantante. Levanto la mirada, observando por los amplios ventanales como la ciudad empieza a funcionar. Gente caminando, en bicicleta o en coche; todo vale con tal de llegar a esa cita diaria con tus obligaciones.
¿Por qué escogí yo el bus? Para empezar, mi trabajo está lejos. No puedo ir caminando, y (por triste que parezca) aún no sé montar en bici. No tengo coche, ni quiero; no soporto los atascos, ni me apetece colaborar con más CO2 de la cuenta a la atmósfera. Le añadimos el insufrible precio de su mantenimiento, y ya se me quitaron todas las ganas de tenerlo.
Y luego está la gente. En un coche, la frase más normal dicha a otra persona es algo así como ‘¡[taco favorito], mira por dónde vas! En el autobús, sin embargo… ¿cuántos amigos se han hecho? ¿cuántos amores platónicos ha causado? ¿cuántas parejas se han formado por el simple hecho de compartir un cuarto de hora diario?
Por todo esto, y por aún más razones, uso el autobús. Ahorras dinero. Contaminas menos. Socializas y conoces gente. A veces incluso te enamoras. Como yo de esa chica morena de ojos oscuros a la cual nunca tuve el valor de decirle nada.

Me gusta muchísimo como escribes. No sé si te acordarás de mí (me visitaste en mi weblog), pero de todas formas, soy nuevo por estos lares. Me pasaré más a menudo a leerte porque la verdad es que merece la pena.
Saludos.
Comment by WiZaRd_ — 5 September, 2006 @ 8:14 pm
jope, pues si llegas a participar habias ganado fijo! esta muy xulo. la proxima vez no dejes escapara a esa morena
Comment by sak-chan — 6 September, 2006 @ 12:14 am
Éso de que se pase el plazo de presentación del relato también me ha pasado a mi; y de presentación de artículos pa congresos y hasta pa magazines; en fin que a ver si nos ponemos mas serios los 2.
Comment by Dry — 7 September, 2006 @ 9:32 am